Si nos propusiesen juntar en la misma frase las
palabras “guerra” y “drogas”, nuestra respuesta seguramente las combinaría de
esta forma: “[…] guerra contra las drogas […]”.
Nuestra sociedad lleva décadas inmersa en una lucha
contra los estupefacientes, siendo los Estados los responsables de velar por la
salud pública y de acabar con el tráfico y el consumo de sustancias ilegales.
Se nos educa en el rechazo a las mismas y a los estados alterados de percepción
o conciencia, bajo la premisa del daño que producen física y mentalmente.
Dejando a un lado el debate sobre el consumo, el artículo de hoy me gustaría
dedicarlo a la íntima relación que hubo y hay entre el hombre y las drogas,
pero en un ámbito muy concreto: la guerra. Y habiendo sido la guerra una
herramienta política fundamental de los Estados (especialmente en las
relaciones entre Estados), también veremos cómo éstos han fomentado un amplio
uso de las sustancias psicoactivas a lo largo de la Historia.
Comencemos con unos apuntes iniciales sobre la
relación entre drogas y la guerra ¿Qué podrían tener en común éstos dos
elementos? Como apunté en un artículo anterior sobre la drogas en la
Antigüedad, el origen de nuestra palabra fármaco viene del griego phármakon (significaba tanto medicamento
como veneno), que, a su vez, se originó de la voz pharmãkos (chivo expiatorio, sacrificio). Ese chivo expiatorio, un ser
humano escogido para un futuro sacrificio, solía ser inmolado por la polis en época de crisis, para apaciguar
la cólera de los dioses o traer buena fortuna.
¿Acaso con los soldados no ocurre algo similar?
Son ciudadanos al que sus compatriotas envían a combatir para asegurar la
independencia, la seguridad, el poder o la riqueza de su ciudad. Son un sacrificio
normalmente voluntario en pro del bienestar de sus sociedades. Lukasz Kamienski considera la guerra el
“rito colectivo” definitivo.[1]
Desde el origen mismo de las guerras entre humanos, se han empleado sustancias
psicoactivas de las tres clases fundamentales: estimulantes, sedantes o
alucinógenas. Con efectos diferentes, pero siempre bajo el mismo objetivo:
mejorar las capacidades de lucha del guerrero y su posibilidad de
supervivencia.
Este autor polaco, cuyo libro “Las drogas en la guerra. Una historia
global” me ha servido de fuente fundamental, clasifica las drogas de guerra
en tres grupos:
1. Drogas recetadas por las autoridades
militares.
2. Drogas autorrecetadas por los propios
soldados, al margen de la autoridad militar.
3. Drogas como arma contra el enemigo, bien
como un arma psicoquímica que afecte a las tropas rivales, o bien como
herramienta contra grupos sociales a los que se busca debilitar y dividir.
¿Por qué
fueron necesarias las drogas en las guerras?
Antes de meternos a fondo con la vasta variedad
de drogas que los pueblos humanos han usado para combatir, vamos a ver porqué
fueron necesarias en primer lugar.
Autores como Barbara Ehrenreich, Margaret Mead
o David Grossman mantienen que matar a otros seres humanos no forma parte de
las necesidades biológicas de nuestra especie. El ser humano puede matar
animales para alimentarse e incluso matar a otros humanos en defensa propia o
por recursos. Pero la guerra significa un uso amplio de la violencia, porque
suele afectar a colectivos enteros. Y a veces son de larga duración, no
terminan tras un breve intercambio de golpes, requieren semanas, meses o años
de lucha.
Muchas sociedades necesitaron crear o ampliar
en sus gentes el instinto depredador, en busca de mejores guerreros que
defendiesen sus intereses. Esto pudo lograrse mediante adiestramiento, como es
el caso espartano, en el que toda la sociedad estaba organizada para el
propósito bélico. La disciplina militar siempre se ha basado en varios
principios: fomentar la violencia y la agresividad contra el enemigo, y hacer
desaparecer el miedo, la culpa y otras emociones que reduzcan la eficacia del soldado.
Y donde la disciplina y el entrenamiento
alcanzan un límite que no puede superarse, aparece el uso de fármacos. Embriagar
al sujeto con ciertas sustancias podía facilitar los accesos de violencia y
hacer desaparecer el miedo o la duda, convirtiéndoles en mejores soldados. El
torrente de emociones que asaltan a los combatientes antes, durante y tras una
batalla es colosal, y ahí entran en juego innumerables sustancias que permiten
sobrellevarlas de la mejor manera posible.
Los nervios previos a una batalla solían mitigarse
con tabaco o un trago de alcohol, con el fin de que los soldados venciesen su miedo
a la confrontación y siguiesen a sus compañeros.
En ciertos pueblos, los guerreros que querían
demostrar su valor y hacerse un nombre durante el combate hacían uso de
alucinógenos. Así entraban en estados alterados de conciencia en los que no
temían la muerte y luchaban con una ferocidad animal (algunos, como los
berserkers, creían realmente que se transformaban en bestias). Otras drogas
pensadas para usarse durante la lucha buscan más bien aliviar el agotamiento,
el hambre y proporcionar energía, como la hoja de coca o las anfetaminas.
Otro uso de las drogas en el escenario bélico
viene tras la batalla. Precisamente los soldados, para calmar el miedo, la
culpa, el desánimo, o simplemente para matar el aburrimiento, hicieron uso de
sustancias sedantes y depresoras. Tenemos ejemplos como el alcohol o el opio en
la antigüedad, o el tabaco, la morfina y la heroína más recientemente. Los
daños psicológicos derivados de participar en una guerra pueden mantenerse
durante toda la vida, y los individuos menos preparados para sobrellevar tales
emociones pueden recurrir a hábitos que les permitan sobrellevarlo, como son
las drogas.
En este punto señalaría, aunque es una apreciación
personal, que el carácter adictivo de la droga se debe principalmente, no a su
capacidad adictiva (todo puede ser adictivo: la comida, el sexo, las
telenovelas…), sino a la necesidad de los individuos de cambiar su estado de
ánimo y su percepción para alejar el dolor (físico) o el sufrimiento
(emocional) que padecen. El elevado uso histórico de fármacos por parte de
excombatientes no se debe a lo adictivas que son per se, más bien por el papel que juegan como alivio de quién
sufre, sumado a su facilidad de uso y transporte.
Por último señalar que el uso de estas drogas
se originó en un ámbito mágico, como parte de rituales religiosos y guerreros,
e iría derivando con el tiempo hacia un objetivo farmacológico concreto, usando
sustancias ya no mágicas, sino naturales y bien conocidas, hasta llegar a las
drogas sintéticas modernas, creadas científicamente bajo criterios específicos
marcados por los Altos Mandos de los ejércitos.
Casos
históricos de drogas de combate
El alcohol
De todas las drogas que el ser humano ha
empleado en la Historia, la más extendida socialmente ha sido el alcohol,
salvando el caso musulmán. Para la guerra, su uso fue aceptado ampliamente por
los mandos militares, al tener un abanico de posibilidades muy positivas de
cara a la tropa:
1. Enardece y da valor, impidiendo muchas veces
que el soldado evite situaciones de riesgo. La ebriedad etílica empaña el buen
juicio, puede anular ciertas alertas que el propio cuerpo o la psique emplean
para alejar al individuo del peligro, dando lugar a actos de valor y sacrificio
que alguien con su juicio intacto no realizaría.
2. Aumenta la moral de la tropa y el orden.
Permitir el alcohol en los ejércitos facilitaba que la tropa estuviese
tranquila, con diversiones, camaradería, y no recurriese a pasatiempos más
dañinos y problemáticos, como el saqueo o la búsqueda de mujeres (prestas al
fornicio o no). Aunque su uso debía ser juicioso y controlado, ya que podía dar
lugar al efecto contrario, como veremos después.
3. Sus usos médicos, como anestesia,
antiséptico o desinfectante.
4. Fortalece y proporciona energía al cuerpo.
Un litro de vino con 12% de alcohol aporta 500/700 calorías, mientras que uno
de vodka 2.800 y uno de ron hasta 4.000. Señalar también que en campaña las fuentes
de agua a veces no están garantizadas o están contaminadas, por lo que bebidas alcohólicas
como el vino o el ron ofrecían un sustitutivo más seguro.
Vamos con algunos ejemplos de pueblos que
consumían alcohol para la batalla:
Los griegos desarrollaron un gusto enorme por
el vino. Era el centro de sus festejos y de algunos rituales, y por supuesto lo
llevaron a la guerra. Homero, al narrarnos la Guerra de Troya, nos muestra los
protagonistas consumiendo vino tras la batalla, unas veces festejando y otras
para reducir el dolor por los amigos caídos en combate. Algunos autores como
Davis Hanson apuntan a que fue común ver los soldados griegos dirigirse
borrachos a la lucha. Consideraban el vino como una herramienta que les
acercaba a los dioses, y apreciaban que disipase el miedo de sus corazones,
permitiéndoles afrontar grandes peligros sin dudar.
La sociedad romana heredó de la griega el gusto
por el vino. Las legiones lo acarrearon consigo en grandes cantidades,
empleándolo para los cuatro puntos que señalamos anteriormente. Incluso lo
usaron como arma contra los bárbaros germanos. Tácito mencionó que los
generales romanos facilitaban a los germanos cargamentos de vino antes de
atacarles, sabiendo que eran aficionados a esa bebida y solían emborracharse
antes del combate. Buscaban así que las fuerzas bárbaras estuviesen atontadas
en el momento de la lucha.
La famosa furia berserker vikinga pudo
obtenerse por varias vías, desde el consumo de la amanita muscaria, un potente hongo alucinógeno; pasando por consumo de cerveza mezclada con beleño negro;
panes o cervezas elaborados con centenos afectados por el hongo cornezuelo, que
contiene ácido lisérgico, un alucinógeno precursor del LSD moderno; y
preparados con belladona también
podrían causar episodios psicoactivos con alucinaciones y delirios que podrían
derivar en actos de gran violencia.
En el pueblo azteca tenemos una bebida
alcohólica llamada pulque. Es una bebida basada en sirope de agave fermentado.
Su uso estaba muy reglamentado, ya que sólo podían tomarlo los mayores de
sesenta años y mujeres lactantes, pero parece que también lo tomaban los
guerreros antes de la batalla para darse valor. También lo tomaban los nobles y los sacerdotes durante las celebraciones de las victorias militares. Esa sería una versión más
fuerte, el teooctli, que consistía en
pulque mezclado con hierbas y especias que potenciaban su efecto.
En la Hispania celtíbera tenemos la caelia, una cerveza elaborada con cebada
o con trigo. Plinio y Osorio dejaron testimonio sobre su existencia y sus usos,
que habrían sido ante todo ceremoniales, al no producirse demasiada cantidad de
esta bebida. Un caso de uso guerrero fue durante el sitio de los romanos sobre
Numancia, aunque a falta de más datos podría haber sido algo puntual, motivado
por la desesperación y el hambre. Así dice la narración de Orosio:
«Por último irrumpieron todos de súbito por dos puertas,
después de haberse bebido una gran cantidad, no de vino, en el que esta región
no abunda, sino de jugo de trigo artificiosamente elaborado, jugo que llaman “caelia”
porque es necesario calentarlo. Se extrae este jugo por medio del fuego del
grano de la espiga humedecida, se deja secar y, reducida a harina, se mezcla
con un jugo suave, con cuyo fermento se le da un sabor áspero y un calor
embriagador. Encendidos por esta bebida, ingerida después de larga inanición,
se lanzaron a la lucha…».
Los ingleses comenzaron a hacer un enorme uso
del ron en sus barcos en el siglo XVIII, sustituyendo a la cerveza y al vino
tradicionales. El cambio de bebida se debió a lo barato que resultaba comprarlo
en el Caribe y a su elevada graduación alcohólica, que permitía ahorrar espacio
en la nave y a los marinos embriagarse rápidamente. La ración consistía en
media pinta diaria, unos 280 mililitros. En 1740, el almirante Vernon siguió la
recomendación de sus médicos e hizo diluir el ron a la mitad mezclándolo con agua,
dando lugar a la bebida conocida como “grog”[2].
Generales como Washington no toleraron el
retraso en los suministros de alcohol para sus tropas, sabiendo que lo necesitaba
para infundir valor a los inexpertos reclutas. Encargó incluso crear
destilerías para asegurar el suministro, lo que dio lugar a que al finalizar la
Guerra de Independencia hubiese 2.573 destilerías en los Estados Unidos[3].
Contando sólo las legales.
El vodka fue una tradición para los ejércitos
rusos desde el siglo XVIII. Los oficiales lograron una fama de borrachos
legendaria, ya que la ebriedad estuvo tan bien considerada en todo el país que
se veía con malos ojos a quién bebía con moderación. A partir de 1761 la ración
diaria de vodka se instaló en la Armada, y posteriormente se extendió al
ejército. Contra Napoleón se llegó a entregar casi medio litro diario a cada
soldado. Era habitual recompensar a las tropas con raciones adicionales por sus
hazañas. El Estado mantenía un monopolio sobre la producción y venta del vodka,
siendo fundamental para la financiación gubernamental. Pero su extendidísimo
uso y abuso terminó por dar más problemas que beneficios. Durante la Guerra
Ruso-Japonesa hubo noticias de guarniciones rusas completamente borrachas,
hasta tal punto que no podían ofrecer resistencia cuando los japoneses
asaltaban sus posiciones. El puerto de Port Arthur tuvo que rendirse al recibir
10.000 cajas de vodka en lugar de la munición que se esperaba[4].
Muchos reporteros extranjeros señalaron con sorna que el vodka, y no los
nipones, habían derrotado a los rusos.
El problema del alcoholismo entre la
oficialidad y la tropa rusa alcanzó tal nivel, que en 1906 se prohibió la venta
de alcohol en las cantinas de los regimientos. Y en 1908 terminaron por cortar
su suministro por completo, conscientes del daño que había provocado a la
disciplina y a la capacidad de las fuerzas armadas.
Los pilotos kamikaze japoneses solían tomar
sake en una ceremonia de despedida antes de despegar a sus misiones suicidas.
Los diarios de alguno pilotos de la Unidad Especial dan testimonio sobre cómo
sobrellevaban su destino, haciendo un enorme uso del sake durante su espera de misión.
Y el día anterior al despegue, necesitados a veces de valor para afrontar su
sacrificio, solían emborracharse con sus compañeros[5].
Como comentamos previamente, el alcohol ha sido empleado para sobrellevar la carga emocional inherente a los combatientes, superando por mucho a otras drogas. La Guerra de Vietnam, en la que relacionamos a los estadounidenses con el abuso de heroína y marihuana, en realidad estuvo dominada por el alcoholismo. La guerra en los medios y en la política era contra otras sustancias, pero el verdadero problema fue el alcohol. El 88% de los soldados admitieron beber durante el servicio y el 73% de los reclutas y el 30% de los oficiales bebían descontroladamente. El 53% de los veteranos mantendrían serios problemas con el alcohol en EE.UU. Sin embargo era una sustancia tolerada históricamente, frente a otras relativamente nuevas y de origen exterior como el cannabis o la heroína.
"Corrían rumores acerca de soldados que jodían la marrana por culpa de las drogas, pero los únicos casos que yo me encontré fueron debidos al alcohol: tipos tan borrachos o resacosos que no podían hacer su trabajo o que cometían errores tales como pisar una mina, cosa que cuesta vidas. El alcohol formaba parte de la cultura de Vietnam y estaba por todas partes. La cerveza era más barata que los refrescos".[6]
Esta es sólo la primera parte del artículo
sobre Drogas de Guerra. Es un tema amplio, así que lo dividiré en varias partes
para no hacerlo demasiado extenso y pesado.
¡Nos vemos en el siguiente!
[1]
Kamienski, L. Las drogas en la guerra.
Una historia global. Crítica, 2017.
[2] Wilson,
Goerge B.. Alcohol and the Nation,
p.270.
[3] Burns. The spirits of America, p.16.
[4] Kamienski,
L. Las drogas en la guerra, p.43.
[5]
Ohnuki-Tierney. Kamikaze Diaries, p.122.
[6] Kamienski, L. Las drogas en la guerra, p.59.
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