Los opiáceos
Llamamos opio a la savia obtenida de la
adormidera o amapola real. Su uso en Sumeria y Egipto data de antiguo, de hasta
el 4.000 a.C, con fines principalmente medicinales y religiosos. Los griegos lo
introdujeron gracias al comercio con Egipto, y apreciaron sus efectos
vigorizantes y eufóricos iniciales tras el consumo. Mezclado con miel y vino
sirvió como energizante para los atletas que competían en los Juegos Olímpicos.
Sabemos que también lo empleaban para mitigar
el sufrimiento emocional. La Odisea
de Homero se habla de una bebida fantástica llamada nepenthés o “bebida del olvido”, que propiciaba una paz y alivio
totales a las fatigas de los navegantes. Su adicción a la sustancia fue tal que
tuvieron que ser atados a los bancos de su nave para poder continuar con el
viaje. Una bebida similar fue una antecesora del láudano
de Paracelso del s.XVI. Consistía en opio diluido en alcohol, que en su versión
más moderna fue fundamentalmente jerez u otros licores hechos con especias como
la canela, el clavo o el azafrán. Los griegos lo emplearon para aplacar su
sufrimiento tras una batalla. Con él apaciguaban su culpa, la muerte de un ser
querido o los nervios de combate. Es muy probable que también lo usasen antes
de la batalla, siendo conocedores de su capacidad estimulante inicial.
El opio se mantuvo para uso militar en culturas
como la india y la turca. Ya fuese fumado, ingerido o bebido, mantenía sus
propiedades vigorizantes y ahuyentadoras del miedo. Durante la rebelión de los
Cipayos en la India contra los ingleses (1857-1858), los guerreros sijs lo tomaban antes de lanzarse a la
lucha. Los rajputs del norte de la
India también lo consumían, pero además se lo administraban a caballos y
camellos para otorgarles resistencia y fuerza[1].
Los mismos líderes militares vieron con buenos
ojos la presencia de estos fármacos, ya que, del mismo modo que vimos con el
alcohol en el anterior artículo, era un agente positivo para la eficacia de la
tropa y para su moral. Privarles del opio daría lugar a guerreros menos valientes
y dispuestos. Además que quitarle a esos hombres algo que iban a querer
consumir igualmente, estuviese permitido o no, requeriría un grado control
sobre la tropa que traería más problemas que soluciones.
Sin embargo, el opio terminó por suponer un problema
para el decadente ejército imperial chino. Las malas condiciones en que vivían
los soldados, su inexperiencia, los fracasos militares contra Gran Bretaña en
la Guerra del Opio, y el atraso de su armamento y tácticas hicieron de la tropa
una verdadera masa indisciplinada y desmotivada, con un nivel de adicción al
opio devastador. Al igual que con el caso ruso y el vodka, los chinos se vieron
debilitados por sustancias que habían servido para fortalecer a los ejércitos
del pasado.
Mi opinión es que estos casos de decadencia
militar o social no se deben a la sustancia en sí misma, si no al decaimiento
previo de esa cultura, sus valores y su bienestar. Tropas mal preparadas, sin
valores que sirvan de guías, desmotivadas, sumidas en el aburrimiento, la miseria o la ineptitud
de sus líderes se entregarán a cualquier cosa que les ayude a sobrellevar la
realidad. Y en ese espacio entrarían las drogas, el juego, las rebeliones y la
corrupción.
Otro uso del opio y sus derivados fue la
medicina. Durante la Guerra de Independencia Estadounidense el opio se usó de
forma creciente, y, en la Guerra de Secesión ochenta años más tarde, éste y la
morfina eran esenciales para el tratamiento de los heridos. El opio se granjeó
gran fama como remedio para un sinfín de dolencias: asma, clorosis, bronquitis,
disentería, cólera, depresión, malaria, insomnio y sífilis... Para el médico Nathaniel Chapman era la mejor medicina del momento con
diferencia gracias a su versatilidad.
La morfina es un derivado del opio que
concentra ésta molécula en cantidades hasta diez veces superiores, con una
capacidad de aliviar el dolor sin precedentes. La dureza de la Guerra de
Secesión, con más de diez millones de heridos afectados por armamentos nuevos y
más devastadores, provocó que la demanda de estos medicamentos se disparase,
dando lugar a una industria farmacéutica estadounidense realmente fuerte. El
número de plantas farmacológicas aumentó entre 1860 y 1870 de 84 a 300, y el
valor de producción de 3,4 millones de dólares a 16,2[2].
El elevado número de heridos de diversa
gravedad generó un consumo creciente de opiáceos entre la
población, aunque sin llegar a cifras elevadas de adictos como muchas veces se
supone.
Los tiempos modernos y el avance de la medicina
dieron lugar a nuevas sustancias, como la heroína en 1874. Este derivado del
opio fue pensado inicialmente, entre otras funciones, como un remedio contra la
tos y un tratamiento para la adicción a la morfina. Sus usos en tiempos de
guerra fueron varios, destacándolo como arma contra el enemigo. Pero sobre ese
tema habrá un artículo dedicado en el futuro, de modo que lo dejaremos aparcado
por ahora.
La heroína tuvo un papel relevante durante la
Guerra Ruso-Finlandesa (o Guerra de Invierno) de 1939-1949. Finlandia destacaba
esos años por no regular el uso de sustancias, y encontrar heroína en las
farmacias para atender las prescripciones médicas de los usuarios era lo
normal. Durante la Guerra de Invierno la heroína sirvió a los finlandeses para
combatir el frío, las enfermedades respiratorias y las infecciones.
Inicialmente contaron con 35 kilos de heroína, suficiente para unos 7 millones
de pastillas de cinco miligramos (con una población de 4 millones). Hubo un
pedido de 1,5 toneladas de heroína, pero no llegarían hasta el final de la
contienda.
Algunos testimonios de soldados y civiles dan
cuenta de la cantidad de pastillas que circulaban por el país durante la
guerra. Los intendentes las entregaban sin medida debido a que las había a
rebosar. Se recomendaba su uso continuamente y para todo mal que aquejara a los
soldados, y fue sobreutilizada, junto a la morfina, sin respetarse muchas veces
las dosis establecidas. La Guerra de Continuación de 1941-1945 contó con un
suministro de 250 millones de tabletas de heroína y morfina.
Podemos resumir que la heroína se empleó casi
siempre en los grandes conflictos del siglo XX como una medicina, y no tanto
como una mejora para el soldado. Y en los conflictos más recientes, como el de
Vietnam, se hizo famosa como una droga de autorrecetación, para mitigar el
sufrimiento emocional y los nervios tras el combate. Hasta un 28% de los
estadounidenses destinados en Vietnam tomaron heroína habitualmente. Su alto
consumo se debió a su disponibilidad, pureza y bajo precio en la región del
Triángulo Dorado. Además, la política militar contra la marihuana facilitó que
muchos soldados se pasasen a la heroína, que era difícil de detectar al ser
inodora y aceptar muchas formas de consumo: mediante inyección, fumándola o
inhalando sus vapores. Cuando se les preguntaba por las razones de su consumo,
el 83% alegaba simple recreo, para combatir el aburrimiento o la tristeza, o
para llevar mejor la dureza del servicio militar.
Lo mismo sucedería a los soviéticos en Afganistán
(1979-1989). La dureza del conflicto, de los mandos, el aburrimiento y la
soledad provocaron que entre el 50% y el 80% de los soldados en campaña se
entregasen con pasión al consumo de hachís y opio. Existen testimonios sobre
unidades que vendían armas, repuestos y municiones a los afganos para conseguir
drogas. Este conflicto es un ejemplo de cómo las mismas drogas pueden aumentar la
decadencia de un ejército o por el contrario su efectividad. Mientras que los rusos
las emplearon en buena medida como pasatiempo para alejar el tedio, los nervios
de combate y sus malas condiciones, lo que les volvió indisciplinados y peores
soldados; los muyahidines las consumieron exitosamente, usando el hachís y el
opio para combatir con valor y energías potenciadas, logrando resistir a un
aparato militar y político muy superior. Además, la venta de estos
estupefacientes a medio mundo y al propio enemigo les ayudó a financiar su lucha.
Tras la guerra, la adicción que se instaló entre la tropa se extendería por
todo el Estado ruso.
Hongos
El
uso de hongos psicoactivos es realmente antiguo, y su consumo estuvo muy
extendido por Siberia y Escandinavia. La amanita muscaria, la
variedad de hongo más efectiva en este sentido, contiene muscimol, la molécula
que activa los efectos alucinógenos. La seta se ingería seca (potenciando así
su efecto), cocinada en forma de sopa o en bebidas alcohólicas. Al afecto
alucinógeno hay que sumarle otros como el aumento de la resistencia, la energía
y disminución del dolor. Era tan codiciada que una sola unidad podía ser
intercambiada por varios renos[3].
Los que no podían costearse el consumo directo del hongo podían recurrir a
beber la orina de los que sí habían tenido esa fortuna. El muscimol conserva
su efecto casi intacto en la orina, con el beneficio de no contener las toxinas
que producen malestar en la etapa final tras la ingesta: agotamiento,
somnolencia y dolor de cabeza. Los consumidores solían beber sus propias orinas
cuando querían prolongar su estado alterado.
Sus
usos fueron variadísimos, desde ceremonias mágicas, celebraciones y la guerra. Los
guerreros valoraban enormemente la resistencia al dolor que les ofrecía, así
como una fuerza, vitalidad y euforia violenta sorprendentes.
Los
vikingos llamaban berserkers (en
honor al héroe Berserk) a los combatientes que entraban en estos estados de
furia y fuerza descomunal.
Una
tesis dice que los vikingos heredaron el consumo de la amanita muscaria de
los pueblos procedentes de Siberia. Varios hechos hablan a favor de esta idea:
1. Tras la batalla debían reposar durante varios días, afectados por el agotamiento y modorra (posiblemente fruto de la intoxicación del hongo).
1. Tras la batalla debían reposar durante varios días, afectados por el agotamiento y modorra (posiblemente fruto de la intoxicación del hongo).
2.
Mostraban una inmunidad al dolor y al cansancio inhumanos, efecto que produce
este hongo.
3.
Muchas leyendas y relatos sobre la A. muscaria
entre los escandinavos son muy similares a los de los pueblos “comedores de
hongos” siberianos, como los koriaks.
Otros
autores creen que sería otra seta, la amanita pantherina, con mayor
poder alucinógeno y por tanto capaz de provocar ataques maniáticos, la causante
de esta furia asesina. Esta seta
era muy empleada por los tártaros, en una bebida preparada también con cáñamo
que les permitía luchar rabiosamente.
Y
una tercera teoría habla de estados de furia autoinducida gracias a ceremonias
religiosas o a las personalidades psicóticas del propio individuo.
Uno de los efectos de las amanitas explica la temeridad de sus consumidores: la micropsia. Es una alucinación que altera
la percepción, haciendo parecer que las cosas son mucho más pequeñas de como
realmente son. Un guerrero que viese ante sí a un grupo de enanos diminutos
armados con poco más que alfileres sin duda se creería invencible y saltaría a
masacrarlos sin rastro de duda. Pero podía suceder el efecto contrario: la
macropsia, dando lugar a veces a ataques de terror e impotencia. Autores como
Lewis Carroll o Jonathan Swift usaron estas percepciones alteradas como
inspiración para mundos como Alicia en el
País de las Maravillas o Los Viajes
de Gulliver, al contar con amplios conocimientos de botánica.
La historia del hachís o la
marihuana en el ámbito bélico no ha sido muy positivo para los mandos militares. Un caso está en la
aventura de Napoleón en Egipto. Las tropas francesas, cortas de alcohol para
pasar el rato, lo sustituyeron por el hachís de la región. Pronto se convirtió
en un problema, ya que como vimos con los “assassins”, no era una droga muy
adecuada por sus efectos relajantes y adormecedores. Los oficiales de Napoleón la
criticaron enormemente, y surgieron estudios médicos que avisaron del peligro
que representaba para la tropa. Destacar el interesantísimo informe de Charles
Baudelaire, Sobre el vino y el hachís
(1851), en el que compraba las virtudes del alcohol como fortalecedor, creador
de camaradería y valor; frente a un hachís que debilitaba, aislaba y hacía perezoso
al soldado consumidor. Mientras que el primero era positivo, e incluso
necesario para el correcto funcionamiento de la Grande Armée, el segundo era un
verdadero peligro.
Derivados del cáñamo: Hachís y
marihuana
Estas drogas derivadas del cáñamo provienen de Asia
Central. Fueron usadas tanto en medicina como en ritos religiosos, con
resultados tan notables que pronto se extendió hacia regiones como la India,
China y África. Un caso de cáñamo usado para fines recreativos lo tenemos en los
escitas, que tostaban sus semillas en tiendas cerradas a modo de saunas de
inhalación. En la India logró una fama tal que se empleó en medicina (contra la
malaria y el reúma), para diversión y para reducir la fatiga durante el
laboreo.
Uno de sus primeros usos en la guerra podría
estar en el bhang, una infusión de
leche o agua en la que se mezclaban flores secas de la hembra del cáñamo,
hojas, semillas y otros elementos de ambos géneros, junto con pimienta,
almendras o azúcar. Producía una ligera euforia que permitía sobrellevar el
miedo antes de la batalla.
Su uso más famoso como droga de combate lo
tenemos en los legendarios asesinos musulmanes, conocidos en árabe como al-hashishiyya (comedores de hachís),
expresión que daría lugar a nuestro “asesino” y sus derivados en otras lenguas
europeas. Aunque veremos que seguramente es un dato mitificado por un error de
interpretación.
Sabemos de ellos desde el 1123 de boca de los
cruzados cristianos instalados en Siria, que mencionaban a unos asesinos que
perpetraban sus ataques sin miedo alguno tras consumir hachís. El origen de
este grupo está en la hoy Irán, la antigua Persia islámica. En el 1080 se formó
la secta radical chií de los nizaríes. En el 1090 tomaron la fortaleza de
Alamut, desde la cual plantaron cara tanto a cristianos como a musulmanes
suníes, que representaban la mayoría de los seguidores de Mahoma. Sus
principales acciones consistieron en asesinatos contra figuras relevantes del
orden político y social. Los fedayines o “comprometidos con la causa”, sus
fieles de rango más bajo, ejecutaban los ataques armados con dagas y esperando pacientemente
la mejor oportunidad.
La leyenda dice que consumían hachís
antes del ataque para atacar sin miedo, aunque hay versiones que contradicen
esta tesis. El nombre árabe de “comedores de hachís” habría sido
malinterpretado en Occidente. Otros musulmanes les llamaron así porque hacia el
siglo XII se consideraba que el consumo de hachís era nocivo para la salud
física, mental y social. Socavaba la moral religiosa, corrompiendo a los
fieles, y se hizo habitual considerar el hachís propio de heréticos y clases
sociales miserables. De modo que el término de “comedores de hachís” usado para
los nizaríes no vendría tanto por un consumo real de esta sustancia, sino para
señalarlos como herejes y enemigos de la moral predominante. A esto sumarle que sólo las
narraciones cristianas, y nunca las musulmanas, hacen referencia a su uso del
hachís.
Otro elemento que puede desmentir la leyenda
narcótica de los “assassins” es el propio efecto de dicha sustancia. Aunque
como relajante podría reducir el miedo, tiene otros efectos como la
pérdida de concentración, de conciencia y de agresividad, que no resultarían
positivos de cara al éxito de la misión. Necesitarían más bien estimulantes,
drogas que les ayudasen a mantener la concentración y que les diese energía
para soportar horas de espera en alerta, hasta que el momento oportuno llegase y
pudiesen lanzarse al ataque.
Y por último, la secta nizarí destacaba por ser
sumamente radical en su religiosidad, llegando a castigar el consumo de vino
con la muerte, como le sucedió al hijo del líder del culto Hasán-i Sabá, que fue ejecutado
por su padre sin rastro de duda. Quienes desmienten la versión narcótica de los
asesinos creen que su verdadero estimulante sería su inquebrantable fe
religiosa, que los fanatizó hasta el extremo de dar su vida por su religión y
su líder.
La historia del hachís o la
marihuana en el ámbito bélico no ha sido muy positivo para los mandos militares. Un caso está en la
aventura de Napoleón en Egipto. Las tropas francesas, cortas de alcohol para
pasar el rato, lo sustituyeron por el hachís de la región. Pronto se convirtió
en un problema, ya que como vimos con los “assassins”, no era una droga muy
adecuada por sus efectos relajantes y adormecedores. Los oficiales de Napoleón la
criticaron enormemente, y surgieron estudios médicos que avisaron del peligro
que representaba para la tropa. Destacar el interesantísimo informe de Charles
Baudelaire, Sobre el vino y el hachís
(1851), en el que compraba las virtudes del alcohol como fortalecedor, creador
de camaradería y valor; frente a un hachís que debilitaba, aislaba y hacía perezoso
al soldado consumidor. Mientras que el primero era positivo, e incluso
necesario para el correcto funcionamiento de la Grande Armée, el segundo era un
verdadero peligro.
Napoleón terminó por valorar el consejo de sus
expertos y prohibió el consumo de esta sustancia en el año 1800, al tiempo que
ordenaba clausurar todo local que ofreciese hachís, y destruir todo material
confiscado. Sin embargo, no pudo impedir que la fama del hachís llegase a
Francia tras su campaña egipcia. La droga siguió a sus ejércitos por toda
Europa, sirviendo de refugio para el aburrimiento. Su uso llegó a oídos
ingleses, que erróneamente creían que otorgaba una gran energía a las fuerzas
francesas, permitiéndoles obtener tantas victorias en el continente. Nada más lejos
de la realidad.
Podemos concluir que el uso de los derivados
del cáñamo (hachís y marihuana) no han tenido un uso muy positivo en la guerra.
Si extendido, pero en forma de autorrecetación por parte de la soldadesca, que buscaba
una herramienta para divertirse y evadirse de sus problemas y precariedades. Su
amplia presencia en conflictos como el de Vietnam o Afganistán no sirvió para
hacer de los consumidores mejores soldados, aunque sí a soportar mejor su paso
por el conflicto. Sus únicos efectos destacables para lo bélico es que templa
los nervios y puede alejar el miedo, como bien hicieron los afganos y otros
ejércitos quizás más comedidos y motivados. Pero la realidad es que hay drogas
muy superiores y recomendables para llevar al campo de batalla, como veremos en
la siguiente entrega.
Hasta aquí este artículo, ¡habrá otro muy
pronto!
[1] Kamienski,
L. Las drogas en la guerra, p.105.
[2] Kamienski,
L. Las drogas en la guerra, p.117.
[3] Kamienski,
L. Las drogas en la guerra, p.75.
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