Cuando los aficionados a la Segunda Guerra Mundial debatimos sobre tanques, ¿lo hacemos correctamente?
A quienes nos apasionan estos vehículos
adoramos compararlos, señalar cuál nos parece el mejor, cuál el peor… Sin
embargo, llevo un tiempo notando que muchas cuestiones no se plantean de forma
adecuada ni las comparaciones son justas. Desde adolescente me vienen interesando los tanques del segundo conflicto a escala mundial y me hice mi propia idea sobre cuáles prefería. Pero no fue hasta los
últimos años cuando tuve realmente buenas lecturas y visionados sobre el tema,
y he caído en los numerosos errores que venía cometiendo.
Así que me he propuesto señalar algunos malos hábitos que son comunes en nuestros amados debates sobre carros. Por supuesto, esta es mi opinión personal como fan, basada en lo que suelo ver en comentarios, conversaciones y medios. Vamos a ello:
1. Demasiado trinomio Potencia de fuego - Blindaje - Movilidad
Muchas veces los aficionados acostumbran a
fijarse en exceso en estos tres elementos. No nos confundamos, sin duda son
imprescindibles para que un tanque haga bien su labor. Pero suelen llevarnos a
ignorar otros aspectos que bien podían significar la victoria de un tanque
aparentemente inferior.
El trinomio tiene la ventaja de hacer
fáciles las comparativas. Si un carro tiene más blindaje que otro o su cañón es
mayor, lo sabemos rápido. Damos por hecho la superioridad de quien tiene más números de su parte en la ficha técnica.
El problema de esto es que implica quedarse en la superficie de un tema bien complejo.
El ejemplo clásico es el T-34/76. Sobre el papel, teniendo en cuenta únicamente sus datos en armamento, blindaje y movilidad, en 1941 era una maravilla. Muy superior a cualquier otra cosa que rodase por los campos de batalla. Sin embargo, durante sus enfrentamientos contra los alemanes, sus formaciones (junto con las del KV-1) fueron diezmadas igualmente. Carros “peores” como el Panzer III y IV le hicieron frente y ganaron pese a la dificultad que suponía1.
¿Cómo fue eso posible? Dejando de lado
elementos ajenos al propio tanque, como tácticas, experiencia de las tripulaciones
o el uso de la radio; lo cierto es que el T-34/76 era deficiente en aspectos a
veces olvidados como la visión y la disposición de la tripulación.
Sus puertos de visión ofrecían poco ángulo y la torreta no tenía cúpula de observación para el comandante. Demasiados ángulos muertos dejaban a la tripulación ciega ante amenazas imprevistas. En ocasiones los blindados soviéticos recibían esas famosas cantidades de impactos que no penetraban porque no podían localizar al enemigo y destruirlo. Los alemanes aprendieron a explotar los puntos ciegos para aproximarse y destruirlos a quemarropa2.
Otra deficiencia era la torreta de dos
hombres. El comandante del T-34/76 compartía la torreta con el cargador del
arma. De modo que además de actuar como líder del vehículo, era el encargado de
operar el cañón. Esta responsabilidad añadida no ayudaba a que el jefe del
blindado estuviese enterado de cuanto pasaba a su alrededor.
En cambio, los alemanes habían empezado a alojar a tres tripulantes en sus torretas: cargador, artillero y comandante. Las ventajas de hacerlo así eran significativas, ya que el líder era libre para dedicarse en exclusiva a dirigir el tanque y tener conciencia situacional de cuanto ocurría fuera. Cualquier enfrentamiento acostumbra a ser confuso y cambiante, por lo que saber qué ocurre a tu alrededor es fundamental para reaccionar a tiempo. Visual y ergonomía suelen ser los grandes olvidados.
2. Olvidar el rol original del tanque
Es habitual que el principal argumento que
se esgrima para establecer qué carro es mejor sea su capacidad para destruir
otros carros. Los mejores para la mayoría acostumbran a ser los que logran más
victorias de este tipo, como el Panther, el Tiger I y II y los cazacarros.
Otros, como el M4 Sherman, el Stug III o
el Panzer IV de cañón corto son fácilmente ignorados y hasta ridiculizados por
no destacarse destruyendo a los mejores tanques enemigos.
Aquí tenemos un problema serio, basado en
la errónea idea de que el principal papel de un tanque era hacer frente a los
de tu tipo. Si no hace eso bien, no puede ser bueno. Lo cierto es que algunos
modelos nacieron para desempeñar otros roles igual de importantes, pero a
menudo olvidados.
Durante la Segunda Guerra Mundial la
amenaza más común siguió siendo la infantería, además de los cañones antitanque. Muchos blindados se idearon para
dar apoyo a las tropas de a pie y combatir a la del enemigo. Para esta tarea eran
preferibles cañones cortos con baja velocidad de salida pero mayor efecto
explosivo, que dañase a hombres, defensas y fortificaciones. El M4 Sherman estadounidense, el del Stug III y el del primer Panzer IV
servían muy bien a este propósito.
Por supuesto, eran poco aptos para dejar
fuera de combate a los carros más potentes. Pero es que esa no fue su tarea, no
debían buscar un enfrentamiento con ellos. En la doctrina de EE.UU, por ejemplo,
ese rol pertenecía a los cazacarros. En todo caso, veo justificable la crítica
a tal doctrina, que seguramente era errónea.
El gran problema es que resulta difícil reflejar el buen desempeño de un carro contra infantería. Es más fácil de contabilizar que un Panther eliminase a 10 vehículos enemigos, a que un Stug III ayudase a limpiar una posición enemiga.
3. ¡El peso!
Aquí seré breve. No tiene sentido defender
el superior armamento y blindaje del Tiger I sobre un T-34 o el Sherman. A ver,
¡que el primero pesa 57 toneladas y los otros dos entre 26 y 32!
No son carros comparables entre sí en
términos de uno contra uno. Pertenecerían a ligas distintas.
El propio concepto de debatir quién es mejor en un duelo uno contra uno no me gusta. La mayoría de combates reales se decidían en base a quién localizaba antes al rival y disparaba primero. E implica olvidar factores como el relieve, el clima, quién defiende... Además hay que recordar que los tanques de semejantes características solían ser letales de forma mutua.
4. La fijación en las destrucciones
Otro hecho habitual es defender la calidad
de un carro cuando se demuestra el gran número de bajas que provocó. El ejemplo
clásico es el Ferdinand germano, muy criticado por sus grandes fallas
mecánicas, pero que en otros círculos es muy apreciado por sus cifras en
combate.
No veo raro que para muchos sea un mal vehículo. En Kursk mostró importantes problemas mecánicos, como fueron la falta de potencia, el sobrecalentamiento, la tendencia a incendiarse, y las continuas averías. Pese a todo, parece que las unidades que vieron combate lograron un número significativo de destrucciones, que aún infladas3 seguirían siendo impresionantes.
¿Pueden unas buenas estadísticas en
combate compensar el resto de deficiencias del carro? Mi opinión es que no siempre.
Continuando con el Ferdinand, no debemos extrañarnos de que lograse buenos
números. Con un cañón KwK43 L/71 de 88mm, es lo suyo. No hubo en la guerra casi
ningún blindado que pudiese resistir sus impactos. Bien empleado a distancia
del enemigo, u oculto en el rol de cazacarros, podía aniquilar cuanto entrase
en su mira.
Pero si lo que tratamos de dilucidar es la
utilidad general de un vehículo durante una guerra, debemos considerar más
aspectos:
- ¿Cuántas unidades llegaban puntualmente al combate? Los problemas mecánicos, los tiempos de reparación, la lentitud o la imposibilidad de cruzar puentes debido al peso son cuestiones que deben ser tenidas en cuenta. No importa lo poderosa que pueda ser un arma si no llega a tiempo a donde se la necesita, o si lo hace en números reducidos. En este sentido, Joachim Peiper, de la 1ª División Leibstandarte SS mostró una mala opinión de los Tigers II en las Ardenas en 19444.
Cuando una economía de guerra destina X
cantidad de recursos a un arma, es deseable que esta inversión esté presente y
operativa a tiempo en cifras lo más cercanas posibles al 100%. Cuanto más bajo
sea este porcentaje, más recursos estarán siendo desaprovechados.
- ¿Compensa su coste? Cuando hablamos de carros pesados, caros y disponibles en pocos números como el Tiger o el Ferdinand, podemos preguntarnos si sus impresionantes cifras de destrucciones podrían haber sido igualadas con carros menores pero más asequibles. Pensemos en la cantidad de Stugs, Panzers, Hetzers o Panthers que habrían estado operativos en su lugar. Llegando al combate a tiempo en porcentajes quizás superiores, si su fiabilidad y logística era mejor. ¿Varios carros como estos no podrían haber hecho unas cifras semejantes en algunos escenarios?
5. Los benditos Top 10
Otro error habitual está en los rankings
de mejores tanques de la Segunda Guerra Mundial. Los vemos continuamente en
documentales y redes sociales. Pero casi nunca se establecen criterios bien
definidos. ¿El mejor tanque para qué? ¿Queremos establecer cuál era el mejor
armado, el más útil, el que decidió la guerra, nuestro favorito…?
Sin bases claras, muchas de estas
selecciones no aportan gran cosa. Se entremezclan roles, los distintos años y
frentes del conflicto, y diseños muy dispares.
Por ejemplo, los carros de combate de 1939
no son comparables con los de 1944. O los tanques de apoyo a la infantería con
los anticarros. Tampoco se establece si se busca el mejor carro de cara a la
utilidad operativa, o al mejor en combate.
La solución a estos fallos vendría por
dejar claro el objetivo del ranking. Para ello deberíamos:
- Distinguir los roles de los vehículos:
ligeros, de apoyo a la infantería, cruceros, anticarros, artillería
autopropulsada, rompelíneas…
- Diferenciando al mejor en cada fase
bélica o en cada frente.
- Distinguir entre la elección que haría un comandante, y la que haría un tanquista. Así lo hizo el historiador Steven Zaloga en su libro “Armored Champion”, además de hacer su selección para cada año y frente bélico. En la foto inferior tenemos su selección.
6. Los favoritismos
Este punto posee un lado sencillo y otro
más complicado de tratar.
El sencillo es habitual en debates sobre cualquier aspecto del segundo conflicto a escala mundial. Se da cuando las opiniones no proceden del sentido común o de un argumento bien fundado, sino de una cuestión partidista o ideológica. Podemos extender esto a todo tema que se nos ocurra, siempre hay gente así. No hay mucho que hacer en conversaciones de este tipo porque ellos ya han hecho su elección. Los mejores tanques serán los soviéticos, los alemanes o los de EE.UU, y punto. El resto basura. Gran parte de su argumentario acostumbra a estar lleno de mitos, exageraciones e ignorancia del contexto histórico. Resultan tóxicos al no pretender aportar nada útil a la conversación.
El lado complejo se debe a que todos
terminamos teniendo nuestros gustos y preferencias. Es imposible escapar a
esto. Hay vehículos que se ganan nuestra simpatía por cualquier razón, por lo
que acabamos por defenderlos a capa y espada. Esto no siempre resulta negativo.
La preferencia por vehículos más pesados o ligeros que consuman menos; los más
ergonómicos o los más crudos… Nuestras diferencias en las prioridades nos
recuerdan que hubo varias filosofías a la hora de establecer doctrinas
blindadas. Todas con sus errores y aciertos, nacidas de necesidades y
realidades bélicas diferentes en cada país.
Muchas gracias por haberme leído hasta
aquí, ¡un saludo!
[1] Zaloga, Steven. El
innovador T-34. Osprey, pág. 17
[2] Zaloga, Steven. El
innovador T-34. Osprey, pág. 41
[3] Desperta Ferro Especiales nº XXIV, Panzer Volumen IV, pág. 77
[4] Desperta Ferro Contemporánea nº 15, La batalla de las Ardenas (I), pág. 4





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